Se viene la Asamblea Constituyente

Publicado el Noviembre 8, 2007

Montecristi es un lugar especial. Es un sumario de la geografía ecuatoriana. Desde la explanada de Ciudad Alfaro, sede de las Asamblea Nacional Constituyente, se siente la fuerza de la montaña y la infinita amplitud del mar. Desde las ventanas del salón de sesiones, se vislumbra la línea horizonte de cielo y mar, mientras la neblina no se cansa de subir y bajar por las laderas de la tierra natal de Eloy Alfaro.

 

La construcción de Ciudad Alfaro, de todas las instalaciones cómodas y modernas donde trabajarán los y las asambleístas, ha colocado un nuevo estándar en las obras públicas y en gestión del Estado Nacional. Si gobiernos anteriores nos acostumbraron al desfile de años y pretextos para cumplir con cualquier obra pública, sea una represa o una línea telefónica, ahora, por arte de la voluntad política, se ve que es posible hacer obras públicas a tiempo y bien.  Desde noviembre, en el amplio salón de sesiones de puertas transparentes, se podrá mirar desde los jardines exteriores, el trabajo de los y las electas, en pos de una nueva Carta Constitucional.

 

Que nadie crea que las personas electas como asambleístas deben hacerlo solas. Una nueva Constitución tiene que ser producto de una amplia participación social, por tanto, de nuevas formas de deliberación incluyente, es decir, de nuevos mecanismos para que el pueblo trabajador, las nacionalidades y la juventud, las mujeres y los gremios, puedan ser parte de la construcción de esa nueva constitución.

 

La Asamblea Nacional Constituyente –ANC- tiene que ser un ejercicio de nuevas formas de participación política de la ciudadanía entera. No puede repetir los moldes de la representatividad caduca que llevó –entre otras causas- al desprestigio, inopia o inutilidad al actual congreso de los diputados, fiel reflejo del sistema de partidos que suplantan la participación ciudadana por una representación totalmente cuestionable.

 

El reto de la ANC es abrir cauce a una nueva sociedad, tal como el Viejo Luchador y sus huestes lograron a fines del siglo XIX: dejar atrás el oscurantismo de la república tutelada por terratenientes y la Iglesia Católica decimonónica, para avanzar hacia una sociedad basada en la igualdad y la libertad, en un Estado laico y centrado en los derechos de las personas y los pueblos.

 

Si en la tierra de Eloy Alfaro, a la sombra del cerro Centinela y con la vista al mar, no se rompe de una vez para siempre la democracia representativa, para dar paso a una democracia PARTICIPATIVA, no se habrá logrado cambio alguno.

 

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