Reserva moral

Publicado el abril 17, 2014

Parece oportuno en este día reproducir la sentida nota que ha escrito una mujer ofendida que reclama públicamente a su cónyuge por una infidelidad poco frecuente, pues se siente moralmente traicionada:

Te he dicho no y no y mil veces no.  Ese pequeño espacio que tú ahora llamas con cierto desprecio “chacra” está cargado de historia, de luz, de memoria, es en fin una reserva moral que estuviste siempre de acuerdo en respetar por el bien de nuestros hijos.  Está construida con el esfuerzo de mis abuelos y después de mis padres, pero sobre todo con el trabajo silencioso, constante de la mano de la naturaleza.

Fuimos una vez de novios, y recuerdo como si fuera hoy, que me dijiste que este empeño por cuidar la naturaleza constituía el más bonito atributo de mi familia. Me resulta difícil oír lo que oigo cuando esa joya se transforma en tu boca en un adefesio, en un recodo de pajaritos multicolores que no requiere ser protegido, que hoy por necesidad debería transformarse en metálico para darle un uso indefinido.  Yo que siempre fui objetiva en materia del destino de los míos y veo el futuro con demasiada aprehensión, veo un desierto, un campo sembrado de un explosivo que llaman pentolita y el beneficio supuesto convertido en plata de bolsillo.

El paisaje repetido del que fui muchas veces testigo. Y vuelvo a recordarte que fuiste tú quien habló, con los ojos anegados de emoción, de una reserva moral que era en verdad una mínima choza con hamacas en el filo de un pedazo de tierra en el corazón de la selva. Un lugar en fin donde morir un día con los ojos repletos de luz, los pulmones inflados de pureza y los oídos engolosinados del cantar de esos pajaritos que hoy desprecias.

Te vuelvo a decir no, no te autorizo, así fuera que esta decisión significara el fin de nuestro matrimonio.  Y para que no me vuelvas con el cuento del capricho te reitero la importancia de conservar  nuestra reserva moral, sin que le cruce ninguna servidumbre ni que se instalen plataformas como ícono de la codicia, ni que se arranque un árbol de ese pequeño espacio de paraíso porque es demasiado frágil. No quiero vivir para llenarme de razón si debo constatar mi finca convertida en campo agreste en que se extraña el verde, lo que es tan grave como si te  vaciaran el pecho.

Si aún tus convicciones viejas se sostienen y hallas la cordura para concordar conmigo y con mis hijos en preservar la naturaleza serás bien recibido; al contrario te quedan bien pocos caminos para pasar por encima de nuestra firme voluntad.

 TU FAMILIA

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