OPINIÓN

Narcopoder

Por: Santiago Argüello Mejía

Hace más de veinte años el país debatía su propuesta contra las drogas. No era propia en realidad, había asumido sin beneficio de inventario lo que el imperio asumía como su política para el patio de atrás. Dos países, Ecuador y Perú, habían de inmediato asumido como propias las estrategias sugeridas y las habían convertido en leyes. El recuerdo triste de ese momento, en que las autoridades públicas salían a defender el adefesio, me produce un nuevo episodio de rabia. Para no ir muy lejos la Ley de Estupefacientes comandada desde USA era inevitablemente represiva y convertía en prueba plena del delito de narcotráfico al parte policial, que en fin decretaba la prisión y la sentencia de los jueces.
Conocía de cerca las prisiones del país: estaban repletas de “narcotraficantes”, tratados desde entonces con pinzas en función de su peligrosidad supuesta. El país sin ser productor de drogas se convertía en el primer ejemplo de la severidad imperial y llegábamos a la cifra nada despreciable de 65% de narcos en su población carcelaria, con un alto componente de mujeres que habían servido de “mulas” o de “brujas” en el microtráfico. Se sabía desde entonces que la denominada prisión preventiva que se dictaba inevitablemente mantendría a los acusados en un mínimo de veintiocho meses hasta probar, si se disponía de medios, que eran simplemente adictos. Recuerdo haber escrito en esa época un artículo sobre un chiquillo que por dos gramos de cocaína en su poder había pagado con ocho años de su juventud en el Panóptico de Quito.
Habría miles de historias más que relatar, pero la memoria retiene solo algunos hechos de relieve. Por ejemplo que muchos profesionales del Derecho que se atrevieron a defender a esos “narcotraficantes” –no era de relieve la diferencia entre tráfico y consumo—eran censados ellos mismos como narcos. Y yo casi fui víctima de linchamiento en una conferencia internacional en que me opuse a la ley comandada por USA, hablé de un cierto NARCO PODER que era capaz de corromper a casi cualquier actor público, gobierno, gobierno local, uniformados… el etcétera es amplio, y como era joven y apasionado dije finalmente que “la mejor forma de transportar droga en América Latina era en un camión de camuflaje”.
En esa misma conferencia propuse algo insólito para la lucha sin cuartel que se llevaba contra la droga. Propuse que nos olvidáramos de las recetas de otras latitudes y que nos dedicásemos a mirar nuestro problema hacia adentro, de manera absolutamente “nacionalista”, estableciendo con prioridad y política de Estado la prevención del consumo de nuestros jóvenes. ¿Será acaso que mi invocación, que tiene más de dos décadas, hoy empieza a resonar en la conciencia colectiva? ¿Será que el Estado finalmente escucha el planteamiento tan añejo de la prevención del consumo y la adicción a viejas y nuevas drogas?
Las preguntas también se multiplican. Hoy que la Legislatura hace un esfuerzo y habla de prevención esperemos que se asuma una mirada propia que se inscriba en algo más amplio que es la propuesta de una política pública en la materia, con visos prácticos de realización y no con medidas de relumbrón que a nada llevan, como la muy publicitada y poco eficaz búsqueda de drogas en las mochilas escolares. Desentendiendo inclusive que esas drogas que buscan las autoridades no son ya las mismas y que nuestros hijos están expuestos cuanto más a la “cultura de las pepas”, al difundido uso de drogas de laboratorio o drogas sintéticas.
Motivo de preocupación, seguramente. Preocupación que debe ser enfrentada con altas dosis de coherencia, búsqueda de la prevención con programas de largo aliento e información apropiada, golpes a los productores de estas novedosas invenciones que pueden acabar con nuestra juventud mientras nos dedicamos a buscar en lugares equivocados y con métodos poco claros, mientras el narco poder expande sus garras corruptoras.