EDITORIAL

La escasez de agua como síntoma de nuestro abuso de la Pachamama

La memoria de cortísimo plazo de la raza humana hace que cada vez que leemos o escuchemos una noticia de gran impacto, en especial si se relaciona con la crisis ecológica y ambiental, nos angustiemos un par de días y luego volvamos a la normalidad del día a día.

Al parecer esto ocurre con otro de los graves síntomas, relacionado con el calentamiento global, al que no estamos prestando atención: la escasez de agua dulce de fuentes subterráneas. Desde 2016 se viene denunciando que los acuíferos se están drenando por encima de su capacidad natural de regeneración, pero estamos tan ocupados en nuestro día a día y somos demasiado soberbios y obstinados para admitir que algo no anda bien con nuestros hábitos y con la forma en que tratamos a la Pachamama.

No estamos prestando atención a los signos de alarma, y si seguimos así, es probable que no tomemos en serio la década que aún tenemos para hacer algo para salvarnos y para salvar el planeta que habitamos.

Dentro de todas las acciones posibles, hay que destacar un par muy importante que se pueden llevar a cabo desde la producción agrícola para frenar nuestro impacto devastador: la primera, evitar el uso de pesticidas tóxicos, de fertilizantes químicos y otras sustancias que terminan contaminando las fuentes de agua, en especial las subterráneas. La segunda, abandonar modelos como el monocultivo u otras prácticas agrícolas y ganaderas de sobreexplotación del suelo, y sustituirlas por otras más amigables con la tierra como la agricultura regenerativa.

Es vital entonces ponernos a la labor y aprovechar estos valiosos y fugaces diez años que aún nos quedan para hacer algo por nuestro bienestar y el de las generaciones futuras.